
Escribir al ritmo de lo que cuece
En la cocina estorbas, te cuelas
La madre se hacía círculos, roscas;
nuestra madre agujero
en la masa
La receta se escribe
El poema huele;
Todo lo que vuela…
VÍCTOR M. DÍEZ

Escribir al ritmo de lo que cuece
En la cocina estorbas, te cuelas
La madre se hacía círculos, roscas;
nuestra madre agujero
en la masa
La receta se escribe
El poema huele;
Todo lo que vuela…
VÍCTOR M. DÍEZ
El título lo he tomado prestado de un magnífico libro de relatos (que son poemas) del asturiano Fernando Menéndez (KRK). Cuando, hace unos años me tocó presentarlo en público, recurrí a una cita de Raymond Carver que me venía de perillas. Decía: “Los cuentos son para mí algo vislumbrado por el rabillo del ojo”. Poetas, fotógrafos sin cámara, nos suelen fascinar los fotógrafos que son poetas. Algunos los son. Hablemos de algunos de ellos. Elijo dos tan diferentes que parecería que no se les puede denominar de la misma forma.
No sigo ningún canon. Ni importancia histórica, ni reconocimiento, ni Cristo que lo fundó. Es mi álbum personal. Y yo “soy una de esas siluetas humanas que dibujan en las dianas que usa la policía para entrenar y mejorar su puntería. Lleno de orificios como ellas. Recurro a la apariencia, pero sólo vale para salir del paso…”, como se puede leer en el libro de Fernando Menéndez antes mencionado.
Dos fotógrafos
Primero Manuel Álvarez Bravo, mexicano del D.F. que nació en el 2, año dos del siglo XX. Su fascinante Caja de visiones fascinó a Breton, a Paz, a tantos. A quien escribe en el 96, en la exposición antológica del Reina Sofía. Sus composiciones, siempre en blanco y negro (“La realidad es más real en blanco y negro”, decía Octavio Paz) rezuman un misterio inquietante que remite al novelista Juan Rulfo (por cierto, otro apreciable fotógrafo).
Cada fotografía parece el principio de una historia que ya se contó. En sus palabras: “Compraba desde muy joven libros de segunda mano. Todas las cosas que suceden son de segunda mano”. Pero no hay una manera, hay maneras. La cosa, la escena, el personaje o el objeto fotografiado crean su propia poética. Los registros, pues, son innumerables. Desde el dramatismo de Obrero en huelga asesinado a la serenidad onírica de La buena fama durmiendo o El ensueño; qué decir de ese Niño de los cuentos, que arrastra una palera sin ruedas en forma de carro con unos cuentitos que vender.
La teatralidad, superponiéndose al relato a punto de empezar. En El umbral, por ejemplo, unos pies descalzos se estremecen ante el agua derramada en el piso; en Maniquís riendo o Ángeles en camión, las figuras cobran vida. No le gustaba hablar de cortar, sino de montaje. Respecto al abstracto grupo escultórico espontáneo del Violín Huichol, una reflexión, un aforismo del autor: “Mis fotografías abstractas son documentos exactos”. Otro, respecto a su compromiso con lo que ve: “Mi obra es de encargo. No es un encargo explícito, sino implícito de la sociedad en la que estoy viviendo”.
Como se puede apreciar en los títulos que da a sus imágenes (Perro feo en su ventana, El pez grande se come a los chicos, Espejo negro, Retrato ausente, Muchacha viendo pájaros, etc…), Manuel Álvarez Bravo delata en ellos su vocación de lector que ve, de escritor que mira. Lo dice así Octavio Paz: “Los títulos de Manuel/ no son cabos sueltos:/ Son flechas verbales,/ señales encendidas./ El ojo piensa,/ el pensamiento ve,/ la mirada toca,/ las palabras arden:”. Búsquenlo denodadamente.
Ce n’est pas une pipe
Ahora hablemos de Chema Madoz. Su maestro fue el genio catalán Joan Brossa, poeta visual. No practicaba la fotografía. Las piezas de Madoz remiten a la poesía visual. Los objetos de Brossa eran físicos, construidos. Los de Madoz son fotografías, los objetos se desvanecen, sólo tienen vida en tanto en cuanto son fotografiables. Lo ha explicado el autor en numerosas ocasiones, sobre todo cuando le piden que exponga los objetos más que las imágenes. Esos objetos no existen. Como en el trampantojo clásico (trompe l’oeil, rompeojos) de René Magritte, cuando debajo de la pintura de una pipa escribe: “Ce n´est pas une pipe”. Esto no es una pipa. No hay ironía, la imagen de la pipa no es la pipa ¿Es pues Chema Madoz un fotógrafo, un poeta visual, un recolector de inquietudes visuales, de imágenes con o contra el sentido? Pensándolo bien, quizás sea esa la evolución. Lo es todo a la vez.
Para ver su trabajo: su página personal www.chemamadoz.com. Una escalera sobre un espejo; una lata de conservas que, al abrirse, muestra dos abrelatas; un teclado de piano, cuya partitura es un tablero de ajedrez; un sumidero en medio de una tierra agrietada por la sequía; un par de zapatos que se
atan, se enamoran, el uno al otro; una jaula tejida con alambres de espino; una maleta abierta llena de arena; platos secando en las rejas de una alcantarilla; una pipa agujereada como una flauta; una rosa, cuyas espinas en el tallo, son anzuelos… Como pueden ver (más bien leer como al que le cuentan un film), la poética objetual de Madoz pone en cuestión la mirada usual a lo cotidiano. Aun más, nuestra posición ante los objetos que nos rodean. Lo que somos. En un giro copernicano, el autor nos susurra: los objetos no nos rodean. Nosotros, espectadores asombrados, somos su periferia. No dejen de pasearse por su galería de criaturas asombrosas.
Quizás ambos artistas tienen en común la poesía de su obra. El primero abre una historia que escuchó, pero a la que inocula un resorte que la reactiva en toda su vigencia y potencia de relato. El otro nos lanza objetos congelados que apelan a nuestra indiferencia o relajación mental. Después de ver las fotografías de Madoz, tu cocina se convierte en un circo de tres pistas, tu cabeza quiere ser funambulista.
VÍCTOR M. DÍEZ
(Publicado en Peatom)

Dicen que un género está muerto cuando ya no se compone para él. Esto vale, por ejemplo, para la Zarzuela, quizás para el jazz como ya intuyó Miles Davis hace treinta años. Un género se convierte entonces en un estrato de un tiempo cultural, por más que siga interpretándose con todo rigor y toda justicia. Pero el flamenco no es un género propiamente dicho. Entendemos por flamenco una tradición que se renueva, o se renovaba, en la oralidad. Por su idiosincrasia propia es como esas “flores que crecen en la basura”, en la miseria, en el dolor ¡Bendito estiércol! Como escribió el poeta Karlotti.
El hecho es que el flamenco está en un callejón sin salida. La muerte de Camarón, la mal llamada fusión, la falta de una figura rotunda, el puro negocio… Hay muchos factores que reflejan la decadencia. No sería ético decir que falta un contexto miserable, de explotación y hasta persecución para que afloren estas joyas. Siento mucho respeto por los intentos “intelectualizadores”, artísticos que merodean en las mentes más avezadas del flamenco, pero eso no quita para que los resultados no sean siempre los más interesantes. O al menos podemos decir que delatan un marchamo de lo crepuscular.
Hay ahora mismo una avalancha de novedades que incursionan el flamenco en territorios insospechados. Hablemos de algunos, como el último que ha llevado adelante Juan Peña el Lebrijano, uno de los pioneros en descerrajar las fronteras del flamenco. Suyos fueron aquellos experimentos maravillosos con la Orquesta Andalusí de Tánger o el disco-relato Persecución, con textos y voz del poeta Félix Grande. Lo que ahora ofrece es un extraño trabajo, intentando musicar el poético lenguaje de Gabriel García Márquez, bajo el título Cuando el Lebrijano canta, se moja el agua. Cuenta el de Lebrija que esta frase se la escribió en un papel el Nóbel colombiano en cierta ocasión, escuchándole. El reto es de órdago, como el propio cantaor admite, ya que se encontró con la dificultad de cantar textos en prosa que debió acentuar como poemas. “Tuve que acordarme de cómo debí reinterpretar los poemas árabes con nuestra acentuación, eso me ayudó a encontrar el camino”, afirma Peña.
Otro que “tal baila” es nuestro querido Enrique Morente que, desde hace años, no para de llevar a cabo extraños experimentos que le han granjeado los odios de todos los puristas del mundo flamenco. Valor no le falta al granaíno para acometer trabajos con grupos más cercanos al punk como Lagartija Nick, con aquel famoso álbum Omega. Ahora nos propone un trabajo basado en los textos y la obra del genial pintor Picasso: ahí es ná. Pablo de Málaga, con ese mote que parece nombre flamenco, titula el disco que presentará en los próximos días en el Auditorio del Museo Reina Sofía.

Otro que viene, además distribuido en exclusiva por un periódico de tirada nacional, es el Cigala, con lo que llaman la segunda parte de su celebérrimo Lágrimas Negras, que editó junto al gran Bebo Valdés. El nuevo trabajo de Dieguito, ya sin el longevo pianista cubano, se titulará Dos lágrimas. Segundas partes… La buena voz del sobrino de Farina no le redime de un cierto despiste, de haberse quedado colgao de un sueño. Él mismo cuenta que Bebo tuvo que decirle un día: “Ande ahí, chico, vuele libre, yo ya no tengo futuro…”.
El pobre Cigala se había quedado absorto a la cola del piano y no se atrevía ni a moverse. El éxito, la pasta, lo fácil que se lo pone… En fin, esperemos que la próxima vez caiga en otras buenas manos musicales que le lleven a nuevos e interesantes territorios.
Por último querría hablarles de otro disco que se ha presentado este año y que cumple el canon de flamenco culto. Es un disco del grandísimo guitarrista Juan Manuel Cañizares. Se trata de la interpretación de la Suite Iberia del maestro Albeniz, concebida para piano, con dos guitarras. En la ejecución de este músico portentoso salen a la superficie los rasgos flamencos que en la partitura parecían magmáticos, latentes. Olé y Ole.
No somos quienes para juzgar, quizás sólo tenemos la oportunidad de asombrarnos ante los retos que proponen o aceptan nuestros artistas. La música de raíz está sin duda en una vertiginosa puerta giratoria. No sabemos si saldrá despedida o se inscribirá en el corazón de la contemporaneidad. Veremos.
VÍCTOR M. DÍEZ
(Publicado en Peatom)

Amar y odiar la vida, verla a través de un cristal oscuro. Los excesos, la falta de adaptación a los géneros, a los raíles, a las normas de una sociedad que se jacta de su perfección y de su moral a prueba de balas. Perdedores, gente que camina por el lado salvaje de la vida, poetas malditos, cantantes de voz rota, músicos extravagantes, actores y actrices tan frágiles como su inmenso talento, escritores que mueren ebrios en las bañeras… Ni uno sólo de ellos hizo de su derrota profesión de fe. Ellos fueron víctimas de sí mismos, sí, quizás de su debilidad ante la falta de comprensión. En el callejón oscuro de estas vidas rebeldes se esconden algunos de los talentos más genuinos de nuestra cultura. Y nadie crea que la autodestrucción y el malditismo fue el leit motiv de ninguno de ellos. Si se agarraron a una botella o se clavaban agujas, o se zamparon todo el bote de pastillas, creo más bien que fue porque no soportaban la vulgaridad que los rodeaba, que nos rodea. Nadie piense en vidas ejemplares, pero la obra de los personajes que les voy a mostrar en este pequeño escenario de guiñol, roza la sublimidad de un mundo que se oscurece en nuestra civilización crepuscular.
El cine
Se me ocurrió escribir este artículo pensando que debía ir a ver la enésima parte de Batman ¿Batman? No me interesa nada ese héroe: el caballero negro, icono gay en sí mismo, ni en su relación con el bueno de Robin. Pero había oído hablar de la interpretación del Joker por parte de un actor especial: el australiano Heath Ledger, el rubio de Brokeback Mountain. Y eso, antes de que apareciera muerto en su habitación de Nueva York. Unas cosas me llevaron a otras. Recordé el rodaje de The Misfits (Vidas rebeldes) y cómo en aquella película trágica se mezclaban la ficción y la vida. La mano de Arthur Miller en el guión y el ojo de John Huston filmando el final de aquellas vidas. Un cruce de caminos, cazando caballos en el desierto de Nevada (Siempre hay nieve dormida, bajo otra nieve/ allá en Nevada, escribió Luis Cernuda). Recuerdo una fotografía de la Mágnum. Todos alrededor de una escalera, en blanco y negro: Marilyn Monroe, que se suicidaría meses después; Clark Gable, ya aquejado del cáncer que le llevaría a la tumba en semanas; Montgomery Clift, del que también sería su última interpretación antes de morir.
Lo crepuscular es u término acuñado a partir del western. Si había sido el género por excelencia. Un cine de aventuras que creaba ídolos, mitos fundacionales en el país de las barras y las estrellas. Los títulos son muchos y están en las mentes de todos. John Ford es prácticamente el inventor del asunto y otro John, Wayne, el icono por excelencia. La idea de lo crepuscular tiene algo que ver con la reinvención y con la idea de ver los tiempos gloriosos, desde una verdad mucho más interesante. Los héroes son perdedores, los ambientes tienen un lirismo humano, no de héroe griego y la profundidad psicológica de los personajes suele ser mucho más profunda. En los últimos tiempos, para quienes no conozcan muy bien la historia del cine, el ejemplo sería y es la magnífica Sin perdón de Clint Eastwood. Pero el verdadero representante es un diletante llamado Sam Pekinpah. Guionista, actor y director de cine y televisión. Desde Grupo Salvaje, pasando por La Balada de Cable Hogue o Pat Garret and Billy The Kid, con Bob Dylan, Pekinpah puso las bases de aquello que se llamó el lirismo de la violencia del western crepuscular. Su cine se tachó de surrealista, misógino, absurdo y siempre contó con el desprecio absoluto de todos los críticos de Hollywood. Me encanta siempre. En otros registros como Perros de paja o La Huida siguió esos preceptos de montaje bizarro y de profundidad psicológica de sus personajes. No es extraño que Dustin Hoffman o Steve McQueen fueran sus protagonistas respectivos. La interpretación del primero en Cowboy de Medianoche, junto a John Voight podría ser del propio Pekinpah. Su adicción a la cocaína y el alcohol me parecen irrelevantes, sólo una forma de conseguir morirse. Una como otra cualquiera que, a mi modo de ver. ni le pone ni le quita talento.
La música
Podríamos seguir con más historias de cine, pero quería hablarles de música. Concretamente de cantantes. En estas semanas de julio los donostiarras tendrán la suerte de ver algunos crepusculares en directo. Hablo de modernos cabareteros, de leyendas vivas. De aquellos que mantienen vivo el espíritu del Berlín de entreguerras, pre-nazi, de la bohemia parisina de los años veinte, de los sesenta en Londres, de los ochenta neoyorkinos. Pequeñas Babilonias, sí. Hubo muchos: de los Rolling a la Velvet Underground, de Kurt Weill a Billie Holliday, de Charlie Parker a Charles Mingus o Miles Davis (como se ve, no todos son cantantes en esta lista). Pero quería hablar de cantantes vivos ¿Alguno ha muerto? Hace unos días canto en San Sebastián el irreductible Tom Waits. Como el presentador de un circo (o el maestro de ceremonias de la película Cabaret, de Bob Fosse), este californiano de voz rasgada y actitudes de clown invita a su mundo de canallas, perdedores y lirismo alcohólico. “Puedes pagarme un trago y te diré qué he visto”, invita en uno de sus poemas canción. Textos, música interpretación ( es un habitual en el cine independiente de Jarmush o en películas de Coppola), cuando sale al escenario nos arrastra a su mundo, nos muestra una poética completa. Rain Dogs, somos perros de lluvia para el de Ponoma, esos perros que se pierden después de un aguacero, pierden el rastro. ¡Que comience el espectáculo! “Y Springteen en el camerino…”, cuentan que se gritaba en el concierto. Quizás fuera cierto porque, sólo unos días después, el autor de Born in the U.S.A. estaría cantando en la misma palestra. Nos encantaría verlos, sino hubiese sido por los ciento y pico de euros.
¿Quién da más? Para completar un trío cabal, en la misma ciudad de la costa norte, el próximo día 23 actúa Paolo Conte, una alternativa europea a estas voces del otro lado del océano. El italiano que comenzó como compositor de éxitos para cantantes de la época de San Remo, como Adriano Celentano, decidió un día tomar las riendas de su voz ronca y rítmica… Una delicia de letra y música en el juke- boss de su imaginación. Un melange desarmonizado por la vitalidad y la tristeza, que trae el tango, el jazz y algunos ritmos populares en su aire sereno. Sus letras han dado que hablar hasta el punto de que en 1991 recibió el premio Eugenio Montale, habitualmente reservado para poetas. “Creo que han sido excesivamente benévolos”, llegaría a declarar “no hay que confundir una canción con un poema, obedecen a procesos distintos”. Conte, un discreto abogado de provincias nacido antes de la II guerra mundial recuerda la música de jazz como el sonido de la libertad. Nacido en 1937 recuerda como Mussolini había prohibido la música americana, pero cómo su madre interpretaba piezas de Duke Ellington al piano. Dice estar harto de que los periodistas le llamen el Waits mediterráneo y lo atribuye a la pereza mental de quines cuentan las cosas.
La escritura
La idea primera de lo crepuscular tiene algo que ver con reinventar. Dar nueva vida a un género, a una estética, enarbolar alguna forma de vanguardia en el sentido de comenzar algo nuevo. Pero nada hay nuevo. Lo viejo y lo nuevo se funden y refunden en un continuum. Por tanto el que estuvo el primero en un lugar, quizás se quedó el último la noche anterior. La tradición que alguien subvierte ha de ser volcada desde la asunción y conocimiento absolutos de la misma. Quizás se pueda decir que el más vanguardista es el más tradicionalista y no mentir. Momento crepuscular es aquél impás, un instante histórico en que, como diría Marx, no habiendo nacido lo nuevo, lo viejo ha muerto ya.
Un ejemplo extraordinario de este instante de brillante oscuridad es el poeta francés Arthur Rimbaud. Se puede decir que es la figura que instaura la modernidad. Más allá del titular de un muchacho de 17 o 18 años que nunca más volvió a escribir. Les exhorto a volver a los textos, es maravilloso. Tiene algo de libro revelado, la poesía de Rimbaud. Algo de conciencia de occidente. Ese muchacho imberbe escribió cosas, hablando como hablábamos de tradición y vanguardia, como: “Si esos tiempos volvieran, tiempos que pasaron./ Porque acabó el Hombre, representó ya todos sus papeles./ A plena luz, cansado de destruir ídolos,/ resucitará libre de todos sus Dioses,/ y, como pertenece al cielo, escrutará los cielos”. Así, ni más ni menos. No faltan los detectives que hurgan aquí y allá, buscan motivos, lanzan hipótesis para explicar algo tan sencillo como lo inexplicable. Habla Rimbaud en su defensa: “No podemos saberlo. Estamos apalastados/ por un manto de ignorancia y de angostas quimeras./ Parodias de hombres caídos de la vulva de sus madres,/ nuestra pálida razón nos esconde el infinito”.
Más en consonancia con los personajes de teatrillo que presenté anteriormente, está ese brujo llamado Bukowski, Charles Bukowski. Su escritura encaja mejor en el estereotipo del malditismo. De ese vivir Bajo el volcán. Como otros miembros de su generación. Allen Ginsberg el suave o Jack Kerouac, el salvaje En el camino. De estos también hemos tenido aquí, en España me refiero. Como Leopoldo María Panero que, a pesar de su deterioro mental y de voz (de escritura), puede acercarnos a algunos abismos de ida y vuelta interesantes.
Bueno lo cierto es que todo esto parece una carta abierta a un futuro absurdo. ¿Permiten en este periódico dar rienda suelta, escribir por escribir? Parece que sí. Quizás también sean crepusculares en algún sentido. No hace falta ni aclarar que todo lo afirmado aquí es rebatible de la A a la Z. Sólo es un paseo, una invitación. Brindemos.
VÍCTOR M. DÍEZ
(Publicado en Peatom)